María Gómez es una artista «reservada» cuya escasa producción se administran marchantes y coleccionistas con cuentagotas. La belleza melancólica y distante de sus trabajos crea una densidad poética cuyas claves más íntimas nos están siempre vedadas. Para el buen aficionado, la noticia de una exposición individual de su obra siempre es motivo de regocijo, aunque, como en esta ocasión, visitarla exija darse una rápida vuelta por la galería Fúcares, de Almagro, que con esta muestra cumple sus primeros quince años de vida. (…) Técnicamente, la pintura de María Gómez, es de una estudiada sencillez. Su gama de colores sorprende por sobria. En su paleta abundan los grises, ocres y sienas; los azules nocturnos, los verdes mediterráneos y los blancos marfileños. Le gusta jugar con diversas texturas y no es extraño que alterne zonas gruesas y empastadas con otras muy líquidas apenas aguadas. Ha cultivado muy diversas técnicas, «el collage», diferentes formas de estampación, la escultura en arcilla. En todos los casos huye de efectismos y estridencias. También sus imágenes son sencillas. Abundan las figuras solitarias, personajes que escriben, dibujan o simplemente piensan; bañistas y paseantes que atraviesan bosques, colinas o lagos. Sombras apenas, diminutas siluetas. Personajes descansando en cuclillas y otros que horadan la penumbra con linternas. Escalas monumentales y escalas reducidas. Claroscuros y nieblas. Espirales, laberintos, cuadrículas, dianas. Objetos aislados, islas, barcas. Algunos paisajes urbanos. Obreros en plena faena. Con relativa frecuencia incorpora algunas palabras o frases cortas. Breves puntualizaciones o advertencias que oscilan entre lo poético y lo estrictamente privado. De hecho, la crítica ha señalado en más de una ocasión que la pintura de María Gómez admite una lectura narrativa (…). Francisco Rivas. María Gómez, hermética claridad. Blanco y Negro, ABC. 22-10-89.